Beneficios ecosistémicos de un… ¿PALO?!!

BENEFICIOS ECOSISTÉMICOS DE UN …¿PALO?!!

El árbol urbano goza, ¡al fin! de popularidad y no hay alcalde o alcaldesa que se resista a inaugurar un nuevo parque. Mientras, se multiplican las polémicas sobre la conservación y adecuado mantenimiento de lo ya existente.

El bosque urbano, entendido como ecosistema que contiene todos los árboles, plantas y fauna asociada que se desarrollan en territorio urbano y periurbano, es un elemento indispensable para la sostenibilidad de nuestras ciudades y el bienestar comunitario. En consecuencia, las nuevas plantaciones se multiplican a golpe de cita electoral y emergencia climática. Pero ¿es cuestión de número de árboles?

Sí, es cuestión de número, necesitamos más árboles. El árbol es la solución a muchos de nuestros problemas actuales y en 2050, nuestra descendencia tendrá alguna opción de vivir dignamente en nuestro planeta megaurbanizado si aplaudimos con ganas estas nuevas plantaciones.

Pero, además y sobre todo, es cuestión de conservación y de adecuado mantenimiento del bosque urbano ya existente, y lamentablemente son muchos, demasiados, los ejemplos que nos asaltan de árboles reducidos a poco más que artísticos percheros.

Un árbol descopado, desestructurado, mutilado, desprovisto de hoja durante meses (un órgano fundamental tanto para la supervivencia de la planta como para el aprovechamiento de sus beneficios ecosistémicos), debilitado, estresado, deshidratado, expuesto a plagas y enfermedades ¿para qué sirve?

 

Un poco de historia.

Nueva York no siempre ha lucido esas bonitas calles arboladas que vemos en las comedias románticas, ni reconocido tan alto y preciso valor a sus árboles como demuestra este impresionante mapa.

Al contrario, hasta hace poco más de siglo y medio, los árboles no formaban parte de su paisaje, sacrificados a la expansión inmobiliaria, la construcción del metro y el desarrollo de los servicios. A diferencia de hoy en día, que hasta hay quien los abraza, los árboles no eran populares ni considerados de utilidad pública, así que la creación del actualmente reconocido arbolado callejero neoyorkino exigió un esfuerzo sistemático a veces poco o nada aplaudido por autoridades y ciudadanía.

Todo comenzó cuando, en la década de 1870, el eminente médico Dr. Stephen Smith argumentó insistentemente que plantar árboles salvaría vidas, en concreto, entre 3.000 y 5.000 anuales, dado que mitigaría el calor opresivo que convertía la poco saneada ciudad en un paraíso para las enfermedades infecciosas.

 

Árboles, sí, pero con hojas.

Para apoyar sus argumentaciones, utilizó y popularizó el llamado Estudio de Washington Elm, del matemático de Harvard College Benjamin Pierce, que ilustraba el enorme potencial de un solo árbol para absorber CO2 y producir oxígeno y sombra, gracias a las aproximadamente 7 millones de hojas del magnífico e histórico olmo que, colocadas una junto a otra, cubrirían una superficie de 5 acres (20.230 m2).

A pesar de las dificultades metodológicas y la pereza institucional, Stephen Smith, amparado por su prestigio como médico, logró al menos establecer dos cosas: la necesidad del arbolado urbano por razones de salud pública (y las nuevas plantaciones cuentan hoy con total apoyo institucional y ciudadano, como demuestra el rotundo éxito de la iniciativa MILLIONTREESNYC, que en 2007 impulsaba la plantación de un millón de árboles en una década, en parcelas tanto públicas como privadas y que cumplió su objetivo 2 años antes de lo previsto) y el tamaño y estructura del árbol y la superficie foliar como indicadores aceptados de su “utilidad”. (1)

 

I-Tree te lo pone aún más claro.

Actualmente contamos con herramientas científicas más precisas y accesibles para demostrar el valor del bosque urbano como infraestructura imprescindible, conocer mejor su estructura actual y planificar adecuadamente su mantenimiento y futuro desarrollo.

I-Tree ECO, por ejemplo, se apresura a aclarar que los principales beneficios ecosistémicos de los árboles provienen de su área de superficie foliar sana, que afecta directamente a la fotosíntesis y al crecimiento de la planta y determina la capacidad del árbol para el secuestro y almacenamiento de carbono, la captura de partículas contaminantes y la interceptación de agua de lluvia. También se esfuerza en aclarar el concepto de Canopy cover, canopea o cobertura arbórea, definida como el conjunto de hojas, ramas y tallos que cubren el suelo cuando se mira desde arriba.

Tanto el área de superficie foliar como el porcentaje de canopea son datos sobre los que se basan los posteriores cálculos del valor de los beneficios ecosistémicos del bosque urbano. Son los factores que más influencia tienen en la mejora de la calidad del aire y el descenso de la temperatura, a través de la captura de contaminantes, la producción de sombra y la emisión de componentes volátiles (VOCs). Son los datos que permiten calcular la precipitación interceptada, la infiltración y almacenaje de agua de lluvia que se traduce en el valor de los daños evitados por escorrentías. Son los datos que permiten modelizar el futuro desarrollo del bosque urbano y, en consecuencia, mejor planificar su crecimiento y mantenimiento.

 

Entonces, ¿Para qué sirve un árbol sin hojas ni ramas y cementado hasta su base?

¡A saber!

Lo que está claro es para lo que no sirve: no produce sombra, no produce oxígeno, no captura ni almacena CO2 ni partículas finas, no emite VOCs, no reduce la temperatura, no intercepta el agua de lluvia, ni la absorbe, ni la almacena, ni la evapotranspira, y si el alcorque es inexistente, ni la filtra. No permite anidamientos, ni atrae a las abejas, ni alimenta a las ardillas . No produce belleza ni bienestar. No inspira a los poetas, los rayos de sol no se filtran melancólicamente entre sus ramas, ni el viento acaricia sus trémulas hojas. No cura, su contemplación no calma, al contrario, indigna o deprime. No reúne, no propicia conversaciones, no acompaña amoríos ni paseos solitarios. En fin, un palo malamente enraizado no produce nada reseñable a favor del bienestar comunitario.

 

“Las ciudades del futuro serán verdes o no serán”.

Nueva York, hace apenas poco más de un siglo y pico, era un lugar insalubre y sucio donde las personas enfermaban y morían prematuramente. Plantar árboles fue entonces parte de la solución. Plantar y conservar. Actualmente, las ciudades se preparan para imprevisibles adversidades climáticas, superpoblación, contaminación y escasos recursos energéticos. De nuevo, la urgencia de plantar y conservar.

Como míticos rockanroleros, los árboles urbanos “viven deprisa y mueren jóvenes” debido a las condiciones únicas de los ecosistemas urbanos y por ello la especialización en su tratamiento y cuidado es imprescindible. La arboricultura urbana moderna es una de las disciplinas jardineras más dinámicas e interesantes y cuenta con excelentes profesionales, hombres y mujeres, conocedores del árbol que con admirable entrega se desgañitan por el simple reconocimiento de su importante profesión. Tan urgente como organizar nuevas plantaciones es darles paso.

 

(1) Stephen Smith fundó la Junta Metropolitana de Salud, impulsó importantes reformas y plantaciones y redactó y presentó un primer proyecto de ley para promover la creación de una Oficina de silvicultura urbana en el estado de Nueva York, que finalmente se aprobaría en 1907. Además, insatisfecho con la lentitud de las instituciones, en 1897 colaboró en la creación de la Tree Planting Association of New York, para dar apoyo y asesoramiento a la ciudadanía en la plantación de árboles frente a sus residencias.
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